Es difícil no caer en una definición y un acercamiento demagógico al tema del elitismo cultural y sus repercusiones, pero si tomamos en consideración el artículo propuesto por Vivian Romeu 1, conviene matizar que es un problema sobretodo del receptor más que del emisor y, que se da mucho más en el ámbito cultural que en el ámbito científico, cuando por materias y disciplinas tratadas debería plantearse posiblemente de manera contraria. Una vez liberados del narcisismo y hedonismo moderno y posmoderno que sugiere Lipovetsky en su obra “La Era del Vacío”, en la que se promueve un consumismo individualizador que “desembaraza al individuo de los lazos de dependencia social y acelera los movimientos de asimilación y rechazo, produce individuos flotantes y cinéticos, universaliza los modos de vida a la vez que permite un máximo de singularización de los hombres” (p 112), llega un momento en esta sociedad en que, como individuos, nos encontramos en un callejón sin salida de sobreinformación. La masiva implantación de Internet y de las TIC, han sobresaturado al hombre de una información que se convierte en ruido, perdiendo la esencia de la capacidad de adquirir conocimiento por uno mismo. Así, entre este mar de sobreinformación/desinformación, es necesaria una luz y una guía que permita al individuo filtrar esta acumulación de inputs. La función igualadora y homogeneizante de los medios de comunicación y los objetos culturales de masas, ejerce, sobre todo, una agrupación y uniformización social basada en mínimos. La propia lógica actual de consumo postcapitalista dentro de un entorno social que ya ha trascendido la propia posmodernidad, hace necesario el objetivo de que la masa sea capaz de asimilar la información recibida y entenderla, para poder convertirse y devenir en masa consumidora. El propio arte entonces, al tratarse de una producción cultural y como objeto que ha perdido, en cierta manera, la función cultual desarrollada por el filósofo Walter Benjamin; se ve sometido a la lógica consumista y acaba transformándose en un arte vacío de contenido, en el que su valor como obra viene dado por elementos externos a ésta. La catalogación artística, dentro de una lógica de masas, se mide en términos económicos y de generación de discurso en torno a ella. Cuanto mayor valor monetario y financiero sea capaz de desarrollar, junto a la capacidad generada por parte del autor o de elementos externos a éste; o de la obra y de elementos ajenos a ésta; de que la obra ocupe espacios informativos dentro de los espacios dedicados a la reseña artístico-cultural, trascendiendo el valor intrínseco del artefacto artístico; mayor será su valía como obra de arte. Se genera así un sentimiento de arte vacío, publicitario y alejado de la propia esencia de la idea artística tradicional. Enfrentado a una lógica de consumo el arte, entendido como aquel arte que ocupa espacios en los medios de masas, no es un arte dedicado entonces a las masas. Es un arte que se enfrenta y que se dirige hacia los grupos capaces de generar un discurso en torno a él, de generar una serie de transacciones económicas, ya sea tanto en la forma de entrar en determinados circuitos de exposición (que pasan a ser circuitos de distribución), como mediante la entrada informativa en estos medios que pasan a ejercer una función publicitaria.
Durante la etapa de las vanguardias en la modernidad, según mantiene Lipovetski, el arte huía hacia delante mediante una ruptura experimental de las formas anteriores, e incluso inmediatamente anteriores, como ocurría con el cine, que en sus apenas 40 primeros años de historia, como arte de vanguardia, genera una serie de movimientos y corrientes a una velocidad no vista en cualquier otro medio artístico. Así, el arte se planteaba como la búsqueda cuestionada de los límites de la propia expresión artística hasta ese momento, anclada por el peso de la tradición. Es en esta nueva etapa en donde se busca un avance basado en la experimentación y que lleva a un desarrollo que podría definirse, en cierta manera, como irreflexivo. Es una irreflexión no porque no haya un trabajo de pensamiento creativo por parte del autor, sino porque la obra va más allá de esta reflexión y se sitúa fuera de los cauces para buscar una polemización falsaria y epatante que busca que se hable de ella y de su gestación. La obra no es tanto el mensaje, sino el pretexto para que se genere el mensaje. Es este punto de vista mercantilizado el que denuncia Bakshi en su documental "Exit Through The Gift Shop", donde pone en solfa el papel de la figura del autor y su irrelevancia en un mundo cultural en el que es más importante establecer una cadena de redes sociales y de contactos, que de realizar un esfuerzo artístico. Esta misma visión es la que tanto Adorno como Hockheimer criticaban, aduciendo que la lógica de consumo daña la producción artística. Esta mercantilización de la producción artística generó en una gran parte de la crítica cultural, lo que se conoce como Pesimismo Cultural 2.

El credo, por denominarlo de alguna manera, de estos pesimistas culturales, consiste, a grandes rasgos, en considerar el periodo cultural actual de una calidad bastante inferior a los períodos pretéritos. La mercantilización del arte, de los proyectos culturales, la inmersión en una lógica de consumo capitalista de objetos que deberían mantenerse alejados del sistema por su propia característica artística; es algo que pervierte y vulnera los principios ideales del Arte. De todos modos, esta postura no es una postura moderna, ya que proviene del cambio de paradigma artístico que se produjo en el siglo XIX. Las posturas nietszchanas en torno a la tradición griega de las artes, apoyando el nihilismo dionisiaco por encima del orden apolíneo fue, sin duda, una de las bases a partir de la cual históricamente se dio paso a una visión crítica del arte popular y de masas. Juntamente a la visión anti academicista y anti conservadora de Schopenhauer respecto a los críticos, filósofos y académicos de su tiempo, a los que criticaba y acusaba de negar el pensamiento y la creatividad propia basándose en un apego excesivo en las posturas tradicionales y ya aprendidas; se crearon los posos que motivaron la aparición de las Vanguardias. Kandinsky, en su "De lo Espiritual en el Arte", no hace más que seguir las ideas schopenhaurianas intentando asimilar la pintura a la abstracción y la expresión artística pura que es la música, tal y como el filósofo alemán defendía. Así, posteriormente con la llegada de las vanguardias modernistas, se sigue en cierta manera, con la idea de Voluntad de Schopenhauer, al permitir que cada individuo con capacidades y deseos artísticos pueda abandonarse a su voluntad de erigirse en artista, democratizándose así el arte. No es de extrañar que las vanguardias de principios de siglo XX se vieran influidas por el arte popular, por el arte y los productos de masas, como manera de rebelarse contra la tradición elitista. Al perder su perspectiva de arte erudito, restringido, y elitista (entendido como
un arte que sólo era consumido o disfrutado por las élites ilustradas) y acceder, con la llegada de los nuevos tiempos y las nuevas corrientes de pensamiento y de consumo, que llegaron a convertir el arte en un objeto de consumo masivo, se produce también el efecto contrario a la democratización artística.

El pesimismo cultural, anteriormente mencionado, dará entonces paso a una postura crítica contra la masificación del arte y de la industria cultural. Una vez superadas las rupturas modernistas volvemos a una etapa de vacío, donde lo que queda es la sublimación del Hombre como ser individual. El individualismo cool 3 exacerbado del postmodernismo, en la que lo que lo único relevante es la consecución de los deseos del individuo, sometido a una lógica de mercado. Es esta lógica consumista la que se apodera de los factores individualizadores, creando una uniformización del individuo. La propia lógica productiva de las corrientes de moda, en que el producto necesita ser vendido, ha promovido una sociedad en la que el artefacto cultural de masas es el único al que llega una parte mayoritaria del "consumidor". La variedad de "consumidores" culturales que necesitan de un amplio espectro de posibilidades para sentirse ajenos a la masa, pese a formar parte de ella, genera una gran variedad de posibilidades de individualización del gusto, pero siempre sometido a una lógica creativa inherente a la fácil asimilación de un público masivo. Al destinarse a tamaña cantidad de posibles consumidores, los artefactos deben ser en su trasfondo fácilmente asimilables, aunque en su superficie den una falsa sensación de intelectualidad o de culturalidad elitista. Es decir, al elegir productos que
superficialmente parezcan de un mayor calado intelectual, de una mayor necesidad de esfuerzo mental por asumirlo, nos desmarcaremos, como seres individuales del "sermasa". Se crea así, en ciertos grupos de consumidores, una falsa sensación de desmarque del conjunto grupal, aludiendo a la superficialidad del producto por encima del trasfondo y del mecanismo de generación, que no deja de ser un producto construido de la misma manera que los artefactos más populares. Hay en este grupo una falsa sensación de elitismo cultural.
Por otro lado, hay corrientes que perciben esta sensación de masificación consumista, tal y como se comentaba anteriormente sobre el pesimismo cultural, y se rebelan intentando mantener siempre una postura crítica sobre el estado del arte contemporáneo, intentando eludir el consumo de masas y llevando al arte a su función primigenia, alejada del consumo; realizando trabajos y propuestas que, por oposición, generen una serie de debates en torno al efecto pernicioso que tiene, en un contexto cultural y no de mercado, el abandono de los procesos artísticos pensados desde el punto de vista del arte como tal, por su sustitución por meros artificios del goce. Paradójicamente, este intento de subvertir, a la manera de las vanguardias anteriores, produciendo un neo-vanguardismo, no hace más que manifestar, de una manera mucho más eficiente y creativa la aparición de un nuevo mercado, sí, porque en el fondo incluso la crítica al sistema entra dentro de la propia lógica del sistema 4 centrado en una idea de elitismo cultural, parecida a la que se tenía del arte antes de la llegada de los movimientos de ruptura.
NOTAS
1 El arte como objeto cultural elitista. Andamios v.2 n.4 México jun. 2006
2 Jahsonic Art Enciclopedia http://www.jahsonic.com/CulturalPessimism.html.
3 Gilles Lipovetsky. La Era del Vacío .Ed Anagrama 1987.
4 Joseph Heath, Andrew Potter. Rebelarse Vende. El gran negocio de la contracultura. Taurus
Pensamiento. 2005
PD.Habéis flipao todos, ¿eh?